La obligada reconversión que impone el cambio climático

Para el 2050, la temperatura aumentará 2,5 grados Celsius.-

Alza de temperaturas, menor cantidad de heladas, lluvias en primavera y baja en la disponibilidad de agua, entre otros, condicionan al agro. Según proyección hecha por Ciren, cambiará las condiciones en muchas zonas apropiadas para generar determinado producto, mientras que otras aumentarán sus posibilidades para recibir, incluso, cultivos nuevos.

Según un informe del Ministerio de Medio Ambiente, para el año 2050, la temperatura aumentará 2,5 grados Celsius, lo que representa un 14% más respecto a la realidad actual.

VNuevas oportunidades productivas abriría el cambio climático en Tarapacá y en Biobío. Más temperatura, menos cantidad de heladas, menor disponibilidad de agua son parte de la nueva realidad que está a la vuelta de la esquina y que cambiará el mapa productivo nacional, ya que mientras algunas zonas tendrán que bajar la intensidad de producción o cambiar de rubro, otras adquirirán las condiciones para aumentar sus cultivos o recibir nuevas especies.

Será una reconversión obligada, ya no por temas comerciales, de mercado o para colocar variedades más productivas como ocurre actualmente, sino que simplemente por las nuevas condiciones que impone el clima.

Para aprovechar estas nuevas opciones se requiere que las comunidades y productores locales tomen medidas para adaptarse a los nuevos tiempos, es la conclusión que deja un estudio realizado por el Centro de Investigación de Recursos Naturales, Ciren, que desarrolló un atlas de zonificación hídrica para dos zonas del país, Tarapacá, en el norte, y Biobío, por el centro-sur, que anticipan lo que podría ocurrir a nivel nacional en solo 10 años más.

En el atlas se hace una proyección al año 2030, considerando el cambio climático y el aumento en la temperatura del planeta, y cómo afectará esto a las plantaciones, principalmente por la disponibilidad de agua en los suelos. A partir de eso, se esboza qué cultivos podrían ser los más adecuados, según cada zona específica estudiada, por condiciones climáticas e hídricas, y que al mismo tiempo permitan recuperar la capacidad agrícola.

Según un informe del Ministerio del Medio Ambiente, para el año 2050, la temperatura aumentará 2,7 grados Celsius, lo que representa un aumento de 14% respecto de la realidad actual. De ahí la preocupación por estudiar cómo prevenir y planificar para que el agro local no pierda potencial.

Algunos de los riesgos que se ven para la zona norte son perder la tradición agraria étnica y por ende que se produzca una migración desde lo rural a lo urbano, perdiendo mano de obra que se dedique a la agricultura.

«Algunos pierden y otros ganan. Por eso es que se habla de traslado o migración de la agricultura del norte hacia el sur. Más al sur van a ir subiendo las temperaturas y mejorarán las condiciones para los cultivos», explica Horacio Merlet, agrónomo del Centro de Información de Recursos Naturales.

Parte de las advertencias que hace Ciren, para el caso de la zona del Biobío es que en 2030 aumentarán los días de calor, disminuirán las heladas, serán más las lluvias en primavera y bajarán las horas de frío en invierno. Además, el alza de las temperaturas aumentará la demanda hídrica, por lo que, insisten, es prioritario que se mejoren las tecnologías para hacer un uso más eficiente de los recursos hídricos en todo el país.

Clave son las inversiones en riego

En el caso de la agricultura del desierto -que por ahora vive lo contrario, con la emergencia del llamado invierno boliviano que trajó inundaciones y aluviones-, el cambio climático, afectará los ya escasos recursos hídricos de la zona, superficiales como subterráneos.

Los cambios hídricos y de temperatura provocarán una migración de cultivos. Así, si en las zonas altiplánicas se podía dar la quínoa, aún cuando las precipitaciones estaban en el límite para abastecerla con agua, al 2030 estas siembras deberán trasladarse más al sur, lo que impactará directo en comunidades locales que dependen de esos cultivos para su alimentación y para generar ingresos. Es el caso de Camiña, que hoy tiene una muy buena aptitud para producir quínoa, pero de acuerdo al estudio, en 15 años más ya no será tan buena y bajará a niveles medios o bajos, por el aumento de las temperaturas.

Pero no todo son malas noticias. El estudio también muestra que especies que hoy no se están considerando, como el tumbo -parecido al maracuyá-, el capulí -cerezo negro, cuyas flores, corteza y fruto tienen múltiples propiedades- y el guacatán, entre otros, podrían tomar un lugar destacado en zonas precordilleranas de la región, porque al ser locales se adaptarían mejor a la escasez de agua.

Fernando Chiffelle, secretario regional ministerial de Agricultura de Tarapacá, explica que tienen dos ejes principales en los que deben trabajar: mantener lo cultural, pero a la vez asegurar alimentación. Clave para esta adaptación a los cambios son las inversiones en áreas como el riego, que permitirán recuperar la actividad agrícola regional.

Gladys González Letelier tiene una plantación de limones de pica, mango y tangelos en Matilla, a 4 kilómetros de Pica. Al principio reconoce que no entendía mucho de agricultura, pero que por necesidad tuvo que aprovechar su tierra y plantar. Con apoyo de Indap aprendió algunas técnicas para cuidar sus árboles. A medida que avanzaba, también la ayudaron a instalar paneles solares. Con apoyo de Ciren e Indap le enseñaron a usar de manera eficiente el agua.

«Yo antes regaba mis árboles toda la tarde, pero con la escasez de agua, me enseñaron cómo hacerlo mejor y a qué horas, para usar menos agua, pero sin dejar de cuidar mis plantaciones», explica la agricultura nortina.

Chiffelle agrega que el estudio permitirá que autoridades y servicios del agro tomen medidas para asesorar a las comunidades a adaptarse desde ya a los cambios climáticos, para que puedan mantener las tradiciones de la región y, de esa manera, además asegurar cierta independencia alimentaria.

«Ya tenemos una tradición, una experiencia de agricultura del desierto. Ya sabemos lo que ocurrirá y nos estamos adaptando», explica Chiffelle. Actualmente, la actividad agraria de la zona es tan baja, que no alcanza a marcar su importancia en el PIB regional. Esto ocurre también porque las zonas de agricultura con regadío efectivo suman 1.150 hectáreas. Para entenderlo mejor: solo en Aconcagua (Región de Valparaíso) hay más de cien mil hectáreas regadas.

Además, implicaría volver a usar técnicas como las terrazas, que permiten hacer un uso más sostenible del agua.

Los desplazamientos en Biobío y Ñuble

En el estudio hecho para Biobío, que considera la zona que hoy pertenece a la Región de Ñuble, Ciren plantea que si bien las propiedades del suelo son buenas para ciertas especies, muchas veces el clima de la región ha restringido su desarrollo. Con el aumento de la temperatura, habría más seguridad para cultivar más especies. No obstante, los frutales de hoja caduca podrían verse afectados, ya que necesitan cierto período de frío «para romper el receso y luego calor para el desarrollo y correcta maduración de la fruta», explican.

Otro aspecto que hacen presente es que con la disminución de las heladas no mueren los insectos, lo que podría significar un aumento de plagas. El golpe de sol tan fuerte para las especies de clima templado tampoco es bueno. Esto genera daños en los tejidos y luego en la fruta, lo que hace que al madurar, el producto sea de menor calidad. Para esto se deberá considerar el aumento en la radiación UV y pensar desde ya en proteger las plantaciones.

En cuanto a clima, se menciona que la temperatura aumentaría, especialmente hacia el interior, siendo los sectores más afectados Chillán y Bulnes. En la costa, en tanto, se mantendría más o menos similar. Esto provocaría una mayor demanda hídrica, que aumentará en cerca de 10%, y en particular en las plantaciones frutales, estima Ciren, al tiempo que plantea será necesario modificar el sistema de riego para que sea más eficiente.

Con el aumento de calor, los grados día necesarios para los frutales se demorarán menos en ser alcanzados. Esto dará la oportunidad a otras especies que puedan ser cultivadas en terrenos que antes no contaban con las necesidades mínimas de temperatura.

En todos los casos, se deberá reconsiderar el calendario agrario y cambiar las fechas de plantación y cosecha, para aprovechar mejor las temporadas de frío y de calor.

En lo concreto, el estudio advierte, por ejemplo, que las zonas muy aptas para el cultivo de arándanos y frambuesas, dos frutales menores que han ido adquiriendo importancia en la zona, disminuirán y aparecerán otras en sectores más altos.

En el caso de la vid, no disminuye tanto la cantidad de terreno muy apto para su producción, pero sí se mueve hacia la parte más alta formando una franja entre Chillán, Bulnes, Cabrero y Laja. Además, con la disminución de heladas, se requerirán menos recursos para prevenirlas y enfrentarlas.

Para la producción de papas, otro comodín para el productor, el mapa actual muestra que los suelos con aptitud agrícola actualmente ocupan toda la zona costera, pero la proyección advierte que ocupará el mismo sector, pero disminuirá el terreno muy apto.

Crédito: Verónica Gutiérrez

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